El final fue tan tremendo como si un castillo de cristal se hiciera trizas en tu mano. Y ni siquiera ése fue el final, pero cuando las madres de los chicos amenazaron con los gendarmes y las clínicas de rehabilitación, los encuentros en la casona de Zapiola y Virrey Loreto cesaron.
Fue en uno de los inviernos más crudos de fines de los ‘70. En esas madrugadas, a eso de las seis, Maria Teresa llegaba a su casa de alguna fiesta y se bajaba de las plataformas para pegar un rato los ojos, antes de calzarse con el uniforme del Sagrado Corazón. Luego caminaba unas cuadras y entraba a la farmacia. Maria Teresa acuñaba tantas recetas en blanco como hojas de cuadernos. Luego tomaba un colectivo, cruzaba la Plaza Libertad y subía al séptimo piso de un edificio enclavado en la calle Charcas. Por aquellos días la chica tenía unos quince o dieciséis años. Ella aún continúa con vida.
El chico había dejado el colegio, por lo cual las cosas eran algo así como 24 horas open rock and roll. Sus papás eran odontólogos, tenían un piso sobre la Plaza Libertad y él tomaba tazis, fumaba Parissiennes y compraba discos y discos de King Crimson y David Bowie.
El timbre de su casa comenzaba a sonar a las ocho y media. María Teresa, con el uniforme del Sagrado Corazón. Después de las diez llegaban sus amigos.
La casa apestaba con el aroma del alcohol de uso medicinal.
-Sólo quiero Sosegón / día y noche Sosegón canturreaba la muchacha. Ella desabrochaba las camisas de los chicos y les subía la manga más arriba del codo.
-Sos un hada, Maria Teresa le decían- con vos no se siente dolor.
Se quedaban escuchando música, arremolinados en el baño, hasta las doce del mediodía. Nunca eran más de cuatro o cinco. Al principio el chico tocaba el saxo en un grupo de rock. Aún iban a fiestas. (…)
Los encuentros en el departamento de la Plaza Libertad se hicieron más frecuentes hasta que el chico vendió el saxo que le habían obsequiado sus padres. (…)
Los padres odontólogos descubrieron todo una mañana en que llegaron intempestivamente de viaje. Allí estaba María Teresa con la camisa de su uniforme arremangada y él y sus amigos con los brazos rojos.
El chico fue a dar con sus huesos (y con el libro Una Temporada en el Infierno, de Rimbaud) a una clínica de rehabilitación. Tres meses después, cuando salió de la clínica, había llegado el verano. El muchacho estaba bastante saludable, pero María Teresa necesitaba recobrar fuerzas. De modo que se fueron a veranear a Villa Gesell. Volvieron seis días después, más delgados y pálidos que nunca. La habían pasado fenomenal.
Entretanto, la muerte se había cernido sobre el hogar de la chica. Esa semana falleció su abuela, y dejó en herencia una construcción estilo inglés de dos pisos ubicada en Zapiola y Virrey Loreto.
La casa de Zapiola due la nueva guarida. Allí conocieron a Diego. Allí no había música, pintura ni ninguna otra cosa. Sólo cajas vacías de medicamentos.
Allí todo era 24 horas open rock and roll, sin luz eléctrica, muebles ni comida.
Pero tenían velas, y quién quería comida. Una cocina desierta en la planta baja y habitaciones vacías en el primer piso. En algún lugar, una cama y un baño.
Pronto los días y las noches comenzaron a dejar de diferenciarse. La casa siempre estaba en penumbras. Los chicos y las chicas se sentaban en el piso o se acostaban en la cama. El tiempo no contaba. El chico se fue al cielo meses después, o tal vez días después. Echó vuelo desde la casa de Zapiola por abuso de Sosegón. Al tiempo su vieja banda se hizo famosa. Todos los visitantes de Zapiola terminaron en clínicas de rehabilitación o cautivos en sus casas familiares. María Teresa no murió, pero su nombre se borró para siempre de esta parte del planeta.
(Historias Tristes / Bs As me mata - Laura Ramos)